La marina living lab - logo

#DistricteTancat – Edu Almiñana

Durante los días que estemos en casa, ante la pandemia, contaremos con unos cuantos testimonios de gente que, por este orden, queremos, admiramos y/o nos interesa escuchar. Les mandamos tres preguntas para saber cómo les va.

Hoy, desde un balcón al sol, Eduardo Almiñana, escritor y periodista, comunicación en Barreira A+D.

¿Cuáles son tus planes (culturales) para este cierre?

No me ha sorprendido encontrarme leyendo, escribiendo y quemando Filmin tal y como lo hacía antes: en ese sentido poco ha cambiado; lo que sí estoy haciendo en mayor medida es interesarme por los productos culturales que no tengo a mano, y rastrear lo que desconozco. Estoy intentando romper con algunas inercias. Leo la prensa -mucho-, pero leo otra prensa. Me dejo caer en largos y densos reportajes que en otras ocasiones dejaba para el fin de semana a sabiendas de que el fin de semana, probablemente, me llevase lejos de una pantalla. Mantengo las rutinas culturales elementales pero las adultero con nuevos ingredientes. A ver qué sale de ahí. 

¿Tienes balcón, terraza o al menos una ventana? ¿Qué uso les vas a dar?

Justo en toda la envidia me acabáis de dar. Tengo un balcón con Sol a raudales, pero es un balcón pequeño, y está lleno de plantas. Da a un solar -precisamente Corona- que aún conserva su selva, y eso está muy bien, pero mi sueño siempre ha sido una terraza. De adolescente mi mejor amiga vivía en un piso en Benicalap con una terraza de esas de primer piso enormes, exuberantes en metros cuadrados. Recuerdo su terraza y recuerdo muchas terrazas que han venido después siempre con una punzada de dolor en el costado. En este régimen de clausura vírica el dolor de la envidia se ha agudizado: qué maravilla tiene que ser desayunar en la terraza de tu piso. Escribir bajo un chorro de fotones con ciento cincuenta millones de kilómetros de viaje sideral a sus espaldas. Yo abro el balcón y me siento sobre una silla de playa a rayas azules y blancas que compré en la Isleta del Moro -allá por cabo de Gata-, con un vermut en la mano. Quizás también llevase un vermut en la mano cuando la compré, puede ser. Sé que después comimos en el fabuloso restaurante del Club Municipal de la Tercera Edad. Echo de menos todo eso. Lo de los balcones y las terrazas -ni qué decir que intento no pensar en jardines o terrenos- es de lo que peor llevo.

¿Qué será lo primero que harás cuando podamos volver a salir?

Cuando pueda salir, si se puede -dependerá de los contactos que se nos permitan-, iré a ver a la familia. Pero más allá de lo obvio, me apetece mucho leer poesía -nunca dejo de leerla, de hecho hace poco terminé Sílithus, de Enrique Falcón- en espacios abiertos. Poesía outdoor. Quiero acordarme de cuando estudiando Periodismo en la Universitat de València aprovechaba y me perdía en los Viveros con algunos de los poemarios que iba atrapando durante la semana: qué sensación ir para allá con dos o tres en la mano aunque llevase mochila -me gusta trasladar los libros en la mano, siempre ando paseando un libro de aquí para allá, me hace sentir bien [cuando paseaba, claro está]-; los Viveros en mayo o junio son un paraíso para el vagar con libros de poesía. Luego me sentaba y los leía de una tacada y entonces me levantaba y me iba de allí, con la piel cálida por el Sol y la cabeza bullendo de ideas, y me volvía al barrio muy satisfecho. Creo que sin duda la poesía outdoor, la poesía en exterior, va a ser mi gran plan. Y si da tiempo, aunque no parece que vaya a ser así, algún festival estival. Y el mar. El mar siempre. 

En días anteriores… https://agenciadistricte.com/districte-tancat