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Desde València con amor

Hace unos meses nos preguntaron hacia qué dirección iba València, culturalmente. Nos lo preguntaron para la revista cero de Convent Carmen. Contestamos (voy a mirarlo) que… “lo importante es que sucede… y sucede mucho. Luego ya viene todo lo demás: corregir, discutir, competir”. Contestamos también (atención a lo engreído de la respuesta) que iba siendo hora de mirar a València “como lo que es y no como lo que son otras”.

Vamos a explicarnos. Hay una negra profecía autocumplida que parece querer recorrernos continuamente. Esa angustia de parecer una ciudad ‘casi’, a punto de todo, lejos de nada, entre la aspiración y la frustración. Un empeño en vernos como lo que no somos, lo que nos falta para ser… en lugar de entender, sin el chauvinismo encendido, pero tampoco con el autoodio abierto,  que ese sentido incompleto, la permanente reparación, es básicamente lo que define las ciudades. Que la necesidad de discutirnos, se someternos a grandes aspiraciones, es parte del proceso normal. Y entre que esperamos que las cosas grandes ocurran, las pequeñas suceden, configurándonos como lo que de verdad sí somos.